miércoles, 8 de junio de 2016

Matemática Robada

Este post va dedicado a @miguidotcom.


La unidad son Julios.




52! = 52*51*...1 = 8.0658x1067


- Pon un cronómetro para contar hasta 52! s.
- Ponte en el ecuador y da un paso cada 1000 millones de años.
- Una vez des la vuelta a la Tierra, coge una gota de agua del Pacífico.
- Cuando hayas vaciado el océano, pones una hoja de papel en el suelo y repites el proceso.
- Cuando la pila de hojas llegue al Sol, miras el reloj.
- Todavía quedan 8.063x1067s.

Para gastarlo:
- Baraja un mazo de 52 cartas. Coge 5 cartas cada 1000 millones de años.
- Cada vez que saques una escalera real, compras un ticket de lotería.
- Cada vez que ganes la lotería, echas un grano de arena en el Gran Cañón del Colorado y repites.
- Tras haber llenado el Gran Cañón, es hora de quitar 1 onza (~28g) del Monte Everest, vacía el Gran Cañón y repite.
- Una vez que el Monte Everest ha desaparecido, mira el reloj. Quedan 5.364x1067 s.

Hay que repetirlo 256 veces

Ap. 1069J es la masa-energía total del universo observable

sábado, 7 de mayo de 2016

Anti-reseña a la película de Momo





Que el cine comercial es de dudosa calidad siempre ha sido algo relativo desde hace décadas. Se considera a los ochenta y principios de los noventa como un antes y después del cine, pero temo que el factor nostalgia siempre ha sido más fuerte que la razón; que una década sea un éxito en cifras no significa nada a nivel artístico. Los Cazafantasmas molan, son originales y creativos, pero no son más que carne para merchandising y pronto reboot, remake o reshit, como quieran llamar ahora a los productos que siempre han estado.
Confieso que mi reseña ya se nota y huele requemada, y no es para menos:
La película de Momo.
Basada en el libro de Michael Ende, aquel que brindara al mundo su humanismo bajo la forma de libros como el citado, El Ponche de los Deseos o La Historia Interminable, ha sido maltratado de nuevo tras aquellas lejanas pero bien recordadas películas interminables (casi nunca mejor dicho). En serio, dejad el factor nostalgia, matadlo sin miramientos y volver a visionar las películas de La Historia Interminable. Salvo por buenos efectos que harán del deleite de los más jóvenes, tiene la profundidad de una piedra lanzada al mar, o sea, algo tan olvidable como irrecuperable aunque se revista de un momento nostálgico en la playa, jugando sin piedad con esa fibrilla que vibró cuando leímos el libro.
Y es que, por favor, que sea una adaptación no significa que vaya a ser lo mismo.
Una adaptación es lo que es y está en su derecho de tomar licencias para poder llevar la obra a otro terreno que no es el suyo. Cuando lees un libro donde la narración y el estilo son una maravilla de la elaboración, ten por seguro que por lógica en cine no será lo mismo, es un aspecto que se tiende a confundir, a tener como prioridad a la hora del visionado. La literatura es un campo abstracto y el cine es un medio visual, son incompatibles salvo en su naturaleza artística o de ideas. Ese punto en común, por mínimo que sea, es la excusa perfecta para adaptar, ya sea porque al director o al guionista les haya gustado demasiado cierto libro o porque los productores comprueban cuál es el best-seller del momento con posible potencial.
Nada nuevo bajo el sol.
Hasta ahora.
Mi enojo y falta de objetividad se debe al despropósito que han hecho con Momo. Hubo una adaptación animada y otra de imagen real tan torpes como inocentes, y se les perdona. Pero esto, esto…
Y todo comenzó con Tim Burton, como siempre.
Soy fan aférrimo de los libros de Alicia. La película de Disney me afectó cuando crío y re-descubrí ese mundo siendo adolescente tardío, percatándome del estilo único, los juegos de palabras (aun siendo traducciones, buen trabajo) y la imaginación que llegó a tener este matemático (matemáticas, he ahí una de las claves del éxito de Alicia o Momo, pero esa es otra historia). A partir de aquí se creó un género basado en las aventuras de un infante en un mundo que le supera por lógica, alegoría en paralelo a lo que le puede suponer a un niño la aventura de comprender el mundo, en ocasiones tan contradictorio. Es llevar el género infantil o de aventuras a un plano más abstracto y profundo. Trabajos como Coraline, El Viaje de Chihiro, Dentro del Laberinto o decenas de series infantiles continúan el legado, enseñando a los chavales en un plano que no se puede explicar con palabras, todo aderezado de gran imaginería. Una de las esencias de Alicia es el enfrentamiento de la lógica digna de una niña marimandona contra los abstractos de dos mundos al revés. Los niños están llenos de imaginación e inexperiencia, pero si tienen que corregir a un adulto, lo hacen, si tienen que responder bien en clase, lo hacen, y si ven algo fuera de su lógica como personas lo corrigen sin preguntar. Esos detalles que hacen humanas a las historias de Alicia sólo se plasman en la adaptación de Disney, por parte del resto juegan a lo fácil como si, como siempre, la gente fuera tonta. Si un niño lee un libro aprende e incluso comprende conceptos, ¿por qué no va a suceder así con una película?
Otra de las gracias de estas obras es que son atemporales, y eso también significa que se pueden leer a cualquier edad. El Hobbit es un grandioso ejemplo, obra maestra de una tarde o dos que evoca esa emoción del inicio de un viaje, metáfora de comenzar proyectos o encontrar novedades en una vida rutinaria arraigada en la comodidad: si vas a por los problemas (el dragón), obtendrás tu recompensa. Pero no, llegó el gordo de Hollywood y triplicó la mancillación. Tres películas de una novela corta, ¡toda una oda a la superación! Si se puede hacer peor, se hará.
Da igual cómo sea una adaptación mientras respete la esencia. Si es difícil de conseguir, no lo toques, o espérate, porque jamás perdonaré el modo en que la película de El Hobbit corrompe con gusanos metafóricos unos de los mejores capítulos escritos como es “Acertijos en las Tinieblas”. En el libro es emocionante, da miedo, despierta la mente, alimenta la ilusión que se hace uno de la escena y hace partícipe al lector. En la pantalla es una escena sosa, un diálogo de tantos que juega con la interpretación que nos acostumbra la mayoría de películas comerciales, y encima con dos buenos actores. Bravo, Peter, creía que era imposible fastidiarla con esa escena.
Pero el dinero llama al dinero.
Como comentaba, todo empezó con Burton, o quizá antes, pero mi mente me coloca en él. Su adaptación de Alicia (con pronta segunda parte) es aburrida y tópica, algo impensable e imperdonable al tratarse de una historia basada en el imaginario de Alicia. Hasta los fan-fiction y segundas partes apócrifas tienen más cariño y emoción. Es que, claro, es Tim Burton, y como tuvo su época dorada ya el resto será digno, atrapados en un juego muy similar al del factor nostalgia. No quedan ni resquicios de él, el hombre lo sabe, pero el cheque llama y alude, y el pobre siempre se promete no volver a caer. Se dice hacerlo mejor y volver a sus orígenes, y cumple e insiste por esa película innecesaria de su primer cortometraje (un perro-frankenstein sólo funciona en corto, la verdad), por “Pesadilla antes de La Novia Cadáver” o por esa inminente segunda parte de Beetlejuice. Sin palabras.
Aun con esa falta de esfuerzo creativo que se pasea por Alicia de Burton, es magia en comparación a la película de Momo.
¿Cómo empezar? Llevo mil palabras para intentarlo. Sabía que este momento iba a llegar, y aún me siento incapaz.
En fin. Vamos allá.
La idea original de Momo juega con el corazón de forma creativa y entrañable, encima haciéndote pensar. Toca hilos del alma que sólo se puede entender cuando se lee. Llevar el concepto del tiempo a lo infantil, lograr una oda a la imaginación como pocas veces se ha escrito es una tarea admirable. Ende estuvo fino en su inspiración, y generaciones de lectores le debemos la vida interior.
Este libro nos habla de la infancia (Momo y sus amigos), del trabajo bien hecho con calma (Beppo), de lo peligroso que es ver cumplidos algunos sueños o deseos así como del paso del juego a la responsabilidad (Gigi) y, sobre todo, del tiempo, de la importancia que tiene algo que no existe físicamente y que sin embargo define al mundo. El libro agarra al tiempo y nos enseña su otro lado, su matemática oscura bajo la forma de Los Hombre Grises, seres que bien podríamos ser cualquiera de nosotros una vez pasamos la infancia.
En la película no veo nada de esto: NADA. De hecho hasta se burlan cuando Momo insinúa a Beppo toda la faena que aún le queda por hacer y éste resopla y responde en supuesto gag cómico.
Es, es… me duele, es increíble lo difícil que es lograr eso aunque se hubiesen copiado tal cual las escenas. Desde la personalidad de Momo, más típica a una chavala adolescente actual (de películas, no de la realidad), hasta ese villano principal que sacan de bajo la manga que incluso por momentos parece ir en contra de sus propios ideales y propósitos. Todo está mal, todo, desde los actores a los efectos especiales que sólo sirven para rellenar el vacío de la historia (aunque si la hubiese dirigido Tim Burton todo el reparto hubiese sido Johnny Depp). Sentí vergüenza ajena, lo juro, en el momento en que Momo sigue a Casiopea por el borde del tiempo, por esa representación poco disimulada de las calles de Nueva York como si no existiesen más conceptos de ciudad que no sean esa o Los Ángeles, por esos brillos gratuitos que acaban mareando o esa escena de una supuesta catarata temporal donde Momo tiene que usar sus habilidades ninja para salvarse, escena que recuerda demasiado a Piratas del Caribe o la escena de los barriles de la segunda del Hobbit. Son momentos de acción en una película que no lo necesita, son rellenar minutos en una película que no necesita durar dos horas, una ironía al mensaje original del libro, pues parece ser que hoy necesitemos películas cada vez más largas con tal de llenar el tiempo con lo que sea. Que ya que he nombrado lo de los piratas, menuda decepción y heraldo de lo que acontece cuando esperaba la escena en que lo niños juegan imaginando ser piratas hasta el punto de vivirlo, pues es un capítulo del libro que hace regresar a la infancia, y me encuentro en la película una escena donde los críos hacen el tonto, con referencia a Peter Pan como si tuviese algo que ver (por no mencionar el rancio superhéroe-pirata que se inventa uno de los niños para dejar clara su obsesión por Los Vengadores), ignorando enseguida para continuar una trama que aún se alargará por dos horas…
Dos horas de puro hueco. Un agujero negro en un punto de mi vida.
Estafado, me siento así, pero no a un nivel expresivo, monetario o mental, sino del alma, y eso que no soy religioso. Siento que me han llamado de idiota para arriba hasta el punto de ofender de una forma cercana a la depresión. Es increíble el afán que tiene el cine comercial por mantenerse encerrado en su fórmula sin importar cuál sea la obra. Hay que meter acción, un villano muy malo atrapado en sus ideas, efectos cargantes que cumplen la función de un llavero agitado frente a un bebé; humor, más humor, personajes molones porque lo saben hacer todo, humor contemporáneo que envejecerá mal, un/a protagonista vacilón/a con su falta justa de personalidad para poder identificarse, el personaje rejuvenecido de turno para que pueda ser el noviete y chico guapo (escena sin camiseta incluida aunque sea un crío) y dos frases filosóficas para creer que estamos ante una película profunda. Lo único que adaptan bien para los tiempos de ahora es la obsesión por las tecnologías, posible perjuicio e imaginación contaminada para las generaciones más jóvenes, aunque…
No. Jamás esta palabra había tenido tanto sentido.
No se trata con mi reseña interpretar al tópico del gruñón que no le gusta que le toquen sus cosas. Hay adaptaciones que adoro aunque suden del original, pero porque mantienen la esencia, porque han entendido de qué va la cosa y se esmeran en plasmarlo. Hay una película ochentera y alternativa del Mago de Oz que sólo se parece al original por la protagonista, y aun así da lo mismo, te ofrece esa aventura, esos personajes con carisma, esa lección que no se explica y que entiendes.
Pero es que ahora, en fin, hay que explicarlo todo. En el libro de Momo el mero hecho de ver cómo actúan Los Hombres Grises es suficiente para comprender qué nos quiere decir el autor. Un niño puede perderse en el concepto, pero lo pilla, sabe de qué va la cosa y aprende de ello porque una acción vale más que mil palabras. Y llega la película y te suelta un discurso final gratuito sobre el tiempo que logra romper toda la narración acontecida. Es como cuando te explican un chiste, ¿a que fastidia? Pues imagínalo a nivel épico después de dos horas.
Esta película es atemporal, pero porque debería existir fuera del tiempo.
A nivel comercial cumple, es otro éxito de tantos para el cine de este tipo. Pero a nivel humano es un desastre. No se trata que el mundo lo sepa ver, de convencer a nadie, se trata de que ya está bien que nos traten de tontos. Me da igual que se use el arte para vender, es legítimo. Lo que me mata es que uno escriba una historia con todo el cariño del mundo y llegue el aprovechado que va de o para empresario y se aproveche de ello como si tuviese el derecho o la superioridad moral, y más cuando ya se está muerto.
Los cuentos y novelas infantiles son lecciones universales para todas las edades. Crean legado y se cuenta la misma historia y mensaje una y otra vez porque es necesario, acaso una verdad que necesita ser dicha.
En lugar de una adaptación de Momo, me he encontrado con otra piedra en el camino para ser mejor persona. De haber estado bien hecha, habría resucitado esas lecciones y momentos que viví con la Momo real de mi imaginación, un repaso a la esencia de la vida.
Masoquista de mí seguiré viendo cine comercial, temiendo que la próxima que pondré a parir será la de IT. Al menos no todas son películas pare odios, pero ofende que luego te traten de gafapasta porque prefieres el cine de autor. Al menos ellos no tratan a nadie de tonto, todo lo contrario. Esa es la gran diferencia que habla mucho del público de hoy día. No quiero ir de héroe cultural, pero me es imposible apartar la vista ante lo que es una injusticia. Si uno puede denunciar por lo que le ha ofendido o dañado en extremo, ¿se puede dar el caso con una película?
Injusticia. Eso es lo que ha sido esta película. Ojalá exagerara.


Como alguno ya se habrá percatado, la película de Momo de la que trato no existe. La reseña es un intento de visión sobre el futuro. Tarde o temprano volverán a hacer un remake de La Historia Interminable que funcionará a nivel comercial, y con ello vendrá Momo. A menos de que la dirija Guillermo del Toro (como casi pasó con El Hobbit, vaya), van a lograr que los amantes del libro soñemos sangre. Quizá exagero en mi apreciación, aunque en este caso sí puedo asegurar que el factor nostalgia no tiene nada que ver y sí los hechos.
Un saludo y gracias por su comprensión.

martes, 19 de abril de 2016

Oda a una Canción (Confesiones desde el borde de la Vida)

Repasando mis canciones favoritas regresé a encontrarme con una que jamás se ha marchado. “Souvenirs D’un Autre Monde” de la banda Alcest forma ya parte de mi vida. Una historia sencilla precedida sin embargo de confesiones que quiero relatar a modo de quien está en el diván. Lo mío con este tema es tan pasional que me inspiró a escribir una novela corta durante el NaNoWriMo de hace unos años. “Lucía quiere Soñar: Un Regalo de Otro Mundo” es una historia inédita con un aire a lo Michael Ende. En la trama una niña llamada Lucía jamás ha soñado, hasta que una noche, tras ver a su padre con cierta preocupación, sueña por primera vez con un mundo donde está bastante lúcida. Dicho mundo es una suerte de País de las Maravillas donde la niña no comprende de qué le servirá visitarlo, hasta que un día, observando a su padre deprimido, le promete que le traerá un recuerdo de ese mundo para animarlo.
 Años después la canción sigue inspirándome como el primer día, y siento que aún no le he escrito las páginas suficientes como homenaje. Este texto es mi confesión por el amor al arte y la vida, sinónimos que sólo descubrimos en el borde de la desesperación creativa.
 Dejad que me libere.
 Una de las mejores formas de saber si una canción es buena es comprobar si logra hacerte imaginar, frase de Lemmy de Motörhead. Con esa filosofía derroté a los géneros y aprendí a amar toda la música posible mientras imágenes, sensaciones y emociones me asaltaran la mente. Pero antes de eso estaba encerrado en un par de estilos, hasta que en un punto álgido de mi adolescencia tuve un arrebato que nunca supe explicar.
 Lo mío con la música va ligado a una de las esencias que hacen funcionar a la vida, y con extraña sincronía que nunca quiero analizar suceden hechos diferentes al tiempo de descubrir un gran disco o banda. En esos momentos confusos, vagos y abstractos conocí el disco “The Human Equation” de Ayreon, lo que me llevó a profundizar en el Rock Progresivo, estilo que si no logra abrirte la mente te la cierra más. Fue entonces que entre lágrimas viví lo que algunos escritores llaman “La Noche Oscura del Alma”, y acompañado de la que me convencí en llamar la última canción agarré un buen puñado de medicamentos sin mirar y los mezclé en una botella con agua. Permanecí en el baño.
 No vomité, por lo que la purgación debió de ser en otro sentido invisible.
 Al despertar estaba en mi cama y, juro, que mi cabeza estaba limpia. Mi mente estaba clara como nunca había sentido. Salvo por una especie de corriente física en el lateral de la cabeza, todo era conciencia pura sin interrupciones o distracciones. Durante esa mañana vi el mundo a través de un cristal nuevo, y fue doloroso volver a la normalidad en el resto del día. Regresó esa piedra entre los hemisferios del cerebro; el peso de los días. Al menos tenía nuevos compañeros de viaje: mis prontos grupos favoritos me esperaban, una nueva etapa de la que aún no sé si mis conocidos se percataron.
 Los tópicos son terribles y aborrecibles, frases hechas llenas de una originalidad o ingenio ya imposibles de recordar debido a la costumbre, que lo torna todo invisible. Pero si se piensan en frío, tienen calidad al alcance de todos. Uno de los más remarcados es sobre que los escritores tienden más que otros al suicidio, hecho que es realista dentro del mundo artístico en general. Unos se van de la vida desesperados por la situación económica, otros por la social y unos últimos por la emocional. También mencionar aquellos artistas que se apegan y analizan tanto la realidad que la depresión es lo único que van a hallar entre las esquinas del sentido de la vida. Sin embargo no se nombran a los que tienen exceso de creatividad. Es terrible. Más de una vez me han dicho que les gusta mi imaginación, que soy un volcán creativo, pero sin decirles nada alego de qué sirve la potencia sin control. Tengo ideas todos los días, sin excepción, las cuales apunto para auto-convencerme que algún día servirán, pero sé que se quedarán en el olvido. Temo abrir cada documento y evaluar la cantidad de páginas de ideas que llevo ya escritas. Prefiero ceñirme a la idea sobre que las mejores no se olvidan, que sin necesidad de ser apuntadas permanecen ahí. El problema es el peso en la mente, un dolor de cabeza tenue aunque permanente que me obliga a estar distraído a menudo. Si no fuera por mi vida social, hace tiempo que me habría evadido fuera del mundo.
 Debido a que vivo con ello se aprende a manejarlo, y en parte es gracias a la música. Tengo la teoría de que como la creatividad es algo abstracto se puede dominar con otros abstractos. Si uno quiere alcanzar la belleza no puede hacerlo de otro modo si no es con el arte, concepto igual de abstracto situado en ese mundo de las ideas a lo Platón. Es a través de la música que puedo canalizar mis textos, que puedo normalizar mis irregulares emociones aunque sea dictado por lo que digan unas melodías y sus armonías, bajo la batuta del ritmo me enfoco y sé qué quiero explicar. Mientras escribo ahora lo hago con el último disco de Alcest. De haber silencio, este texto resultaría más caótico, para nada elocuente. Hay grilletes a los que aceptamos encadenarnos. Al menos mi opresor no los aprieta y trae algo más que pan y agua.
 Uno acepta a ser como es, a conocerse y valorar la aventura llena de experiencia que supone. Uno comienza desde niño, permaneciendo detalles que se acaban convirtiendo en verdades o sueños. De mis ideales está formar una familia, y desde joven me propuse que algún día tendría una hija, a saber por qué, pero analizando deduzco que fue porque estaba más a gusto jugando con las chicas de mi clase que con los locos del fútbol, deporte que me resultaba violento hasta lo gore. Tenía un lado femenino remarcado, y siempre pensé que tener una hija era mejor porque resultaría más fácil de llevar, que eran más buenas. Ahora sé que no tiene nada que ver, y qué inocente resulta ese niño que fui. Sin embargo sí entiendo y recuerdo que lo de querer formar una familia viene por la separación de mis padres. Supongo que siempre he querido saber qué se siente teniendo una familia sin problemas, estructurada. Qué iluso.
 De esas concepciones tempranas supongo que es de donde surgió mi personaje fetiche, ese rendirme al asumir que soy difícil para tener pareja y que al menos me queda la creatividad para crear una hija. Al final resulta que mi personaje principal es sólo parte de mi ego, pero los hijos son un poco de eso.
 Es entonces que quiero llegar a otro punto de mi vida, donde me percaté de la importancia que le doy a lo que voy creando aunque quede en el olvido.
 Una noche en la playa, con una luna llena agrandada e impertinente, casi acabé ahogado. Por segunda vez en mi vida me vi sumergido al borde de la vida, y esta vez fue más cercano que con la primera. Temo por la tercera.
 También había agua, viva la ironía, y no debí adentrarme tanto aun sabiendo que la luna altera las mareas y esas cosas. No sabía nadar (ahora sí, o un poco mejor) y los brazos del mar aumentan su fuerza cuando lo analizas, mal acostumbrado al tiempo previo dentro del agua. También le estaba sucediendo a mi mejor amigo, tan conectados hasta en eso, nuestras vidas llenas de sincronicidades. Terrible simetría de la que escapamos, quizás exagerado el recuerdo pero demasiado verídica la situación. Recuerdo que al volver a casa aún sentía el empuje de las olas por mi cuerpo, y tumbado en la cama era estar bajo el agua, mareado por la vista inquieta, con los orificios pitando. El mareo llevó a la oscuridad del sueño. No suelo recordar lo que sueño, supongo que es porque lo hago despierto por el resto del día.
 Lo que quiero remarcar del suceso es que durante aquel último caos la imagen de la protagonista de mi cómic y novela me sobrevino. ¿Qué significó aquello? ¿Qué clase de anclaje era ese en un momento tan serio? En lugar de pensar en alguien o algo real en la desesperación lo hice con alguien ficticio, y con el tiempo he querido convencerme que en verdad era una imagen simbólica, que después de todo representa a la hija que cuando niño esperaba ver algún día nacer en mi propia familia. Con eso aprendí que los sueños jamás mueren, sólo se transforman y toman otras formas o conceptos de mismo ideal.
 Es por ello que quiero dedicar este texto a esa niña de ficción que ha tomado tantas formas. Que si con el texto “Rapa Aras”, las mellizas River o la citada Lucía, que sólo piensa en animar a su padre y que en aquel instante entre olas también me tendió la mano. Al final la metáfora del libro es que el regalo de otro mundo no es físico, sino un gesto que lo define todo. No hay mejor regalo que los hechos, y quiero creer que ese día volví a nacer como escritor, convencido que si insisto y continúo sin importar, escribiendo y escribiendo, lograré lo que me proponga.
 Quizá exagero mis dos duelos con la muerte ─más porque los gané de suerte─, pero como todo son inspiraciones que ayudan a mejorar. Es por eso que valoro tanto a Jero, de nick Cometa, que se puede considerar de los mejores escritores de la web. No vivo su situación, pero es recordar el agua rodeándome; sobre mí; a mis espaldas, que comprendo un poco mejor qué es vivir al borde de la vida, donde el acantilado. Un saludo compañero, eres un ejemplo.

Todo esto me lo evoca una sola canción. Podría hablar en un plano técnico de “Souvenirs D’Un Autre Monde”, sobre esa armonía que va mutando, la distorsión a la “Shoegaze”, los arpegios evocadores, la voz con efecto etéreo o ese clímax digno del mejor “Post-Rock”, pero sería faltarle al respeto. Es mejor escribir mientras uno se deja llevar, ponerse la canción y que los dedos conecten con la mente. El resto es historia.
 Nunca estaré lo suficiente agradecido a la música, mi eterna compañera con la que tantas veces he hecho el amor y con la que, ahora que analizo, he tenido tantos hijos en forma de textos, relatos, libros e inspiraciones variadas. Joder, cómo mola ¿no?
 Por lo que aquí va mi oda a una canción, al estallido de corazón que provoca su clímax, a los colores que se pasean frente a mí como si fuesen tan reales como mi cuerpo. A los átomos de conciencia evocados sin más, a la perpetua razón que permite el abstracto; a los nuevos pensamientos por cada pasaje.
 
 


Gracias.

lunes, 18 de enero de 2016

Los Abstractos


Siempre me han gustado los conceptos abstractos. De las creaciones del ser humano son de las más poderosas, e incluso a veces perfectas cuando no nos involucramos. Una estatua puede durar siglos, pero su concepto abstracto, el arte, es en verdad eterno. O al menos así será hasta que muera la última persona. Si lo pensamos, son tan influyentes que han abarcado a la humanidad expandiéndose como una epidemia. Que ésta sea positiva o negativa es otra cuestión.

Uno de ellos es el concepto de infinito. Es imposible abarcarlo incluso con la imaginación, y sin embargo está ahí y lo entendemos, aunque tampoco es así. Eso me hace pensar que de ser cierto, empieza y acaba donde uno desee. El principio y el final del Universo puede estar al lado nuestro o incluso en nosotros mismos. Ya sabéis de qué hablo.

Recuerdo a una persona que se pasaba el día con prisas. Cuando le pregunté el porqué, me respondió que un buen día miró hacia atrás y descubrió a la muerte pisándole los talones. Fue curioso, y me pregunto si acaso vivir así no será peor, si acaso no disfrutas, si te pierdes varios de los paisajes que ofrece la vida.
Es entonces que pregunto: ¿y si la muerte es un concepto abstracto más? Puede que, al igual que la música, el tiempo o la belleza, la muerte fuera una invención nuestra que ha terminado abarcándolo todo. Tenemos un concepto fijo sobre ella, pero no tiene por qué ser real. Bueno, real sí lo es, todos hemos perdido a alguien y algún día nos perderemos nosotros. Pero puede que la muerte en verdad sea lo que queramos que sea, como una canción que se transforma si suena en el momento preciso.

No sé si la muerte me pisa los talones, reconozco que soy un cobarde y no me voy a dar la vuelta, pero sí sé que, de ser infinita, terminará cuando tenga que hacerlo. La vida es larga, es nuestra percepción sobre ésta lo que resulta corto. Así que, si hay que morir, no será hoy.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Una Historia Realista





Le encantaba esa película. Sus personajes eran ratones antropomórficos, donde vivían una aventura que bien puede sucederle a cualquiera. Su protagonista era un ratón joven y parlanchín, por lo que era decidido y atento a cada detalle que le permitiera seguir avanzando en la trama. Era una gran película, y la emoción lo inundaba para darle esa llave mágica que permite entrar y salir de una obra de ficción al son del antojo. Colorida, optimista e incluso sabia. Dicha película contaba verdades, por eso le chocaba que no encajara tanto con la realidad.
En los días que vivía dominado por la película, intentó aplicar o encontrar sucesos similares. En la historia, el ratón tenía unos amigos imaginativos que se apuntaban a cualquier emoción planteada. Cuando intentaba hacer lo propio con su grupo de amigos, estos respondían con bromas ofensivas, y sin levantarse del asiento defendían su derecho a seguir jugando a videojuegos. Entonces se dejaba llevar por ellos para tener un fin de semana de tantos.
La familia del ratón heroico era tan astuta como él ─de alguien tenía que haber aprendido─, y cada vez que cometía un error, su padre se acercaba y le ponía la pata en el equivalente al hombro para decirle que no desesperara, que siguiera intentándolo. Tras la cuarta vez el ratón lo lograba, y la sonrisa de sus padres significaba un premio incluso para el espectador. Por su parte tenía cuidado de no cometer errores con su familia, puesto que una vez se le cayó un vaso de agua (justo como sucedía en una escena de la película) y su padre sólo añadió un “Mira que estás idiota. Colgado.”, apartándose para esquivar el charco, con la impresión que más bien se apartaba de su hijo.
Por sucesos así decidía pasar la tarde encerrado en su cuarto, escuchando discutir a las paredes con la voz de sus padres por nimiedades que no parecían existir en el mundo de la película. En ésta los padres también discutían, pero enseguida comprendían o un tercer personaje se entrometía para hacerles razonar. Todo terminaba con un beso. Hacía tiempo que no veía a sus padres besarse. De inmiscuirse él para arreglar un problema paternal acabaría peor a como se sentía. Las iniciativas no lo son todo.
Una de las escenas que más le gustaban era cuando uno de los personajes secundarios se siente abrumado por una dimensión que representa los miedos, en ese caso por lo abrumador que resulta el vacío. El protagonista es el único que no tiene miedos y entra para salvarlo. El amigo está encogido, abrazado a sus rodillas al verse rodeado de negrura absoluta y de una formas coloreadas con ojos, destacando uno entre violáceo y verdoso que lo mira de un modo tan fijo que mata. El personaje principal agarra el ojo y lo saca de su cuenca, descubriéndose que es plano, casi de cartón. Ríe y lo lanza, girando como un disco de juguete. El otro personaje observa y deja de tener miedo, colaborando en romper el atrezo del mal. Se marchan de allí hombro con hombro, riendo con tal fuerza que hasta el vacío retumba. Justo antes de salir del lugar, el protagonista gira un momento para observar la nada, detalle que ha especulado decenas de teorías por los foros de Internet. Él tenía la suya propia que no había compartido con nadie.
La ratona de la película era casi un gemelo del personaje principal, lo que indica que es su alma gemela desde la primera escena. Te pasas toda la película deseando que acaben juntos, jugando sucio los guionistas por las tretas que los separan y unen con tanta facilidad y en sólo dos horas. Una vez se sabe que sí acaban juntos, se agradece para centrarse en otros aspectos en los siguientes visionados. Él soñaba despierto con conocer una chica así, pero con las que lo había intentado solían ser frías, y si se mostraban alegres no lo escuchaban, sólo importaban ellas y su mundo. De ese modo había conseguido conocer otros grupos de amigos, pero le sucedía de llevarse bien con alguien que cae mal, lo que suponía una marginación automática. Hacía poco se había enterado en esos mismos grupos que lo consideraban homosexual, y fastidiaba descubrir que lo que dice el mundo que no les importa que haya gais sea mentira. A veces se planteaba si de verdad lo era, que por eso no tenía éxito con las chicas. Entonces recordaba la película y analizaba que no parecía un mundo con homosexualidad. O al menos uno donde de verdad no importaba.

Encerrado en su habitación, quiso olvidar la reciente noche. Había bebido demasiado, y eso le causó problemas con los demás, terminando en una pelea con una persona que le había cogido manía sin motivo. Ahora ya tenía motivos.
El corazón se le contrajo.
En la película había una escena de borrachera, pero era divertida. Incluso sucedía una pelea, pero terminaban riendo y tan amigos. Era como si fingieran, como buenos actores…
Comenzó a llorar. Aguantó el gemido para que nadie le escuchase. Aun así estaba convencido que a nadie le importaría, siquiera preguntarían alguna vez porqué lloraba esa noche. En la película… en la dichosa película el protagonista tiene una escena similar, y todo el mundo se vuelca en escucharle y apoyarle, en sacarle una sonrisa aunque no sea sincera.
Él no tenía ni eso. No había nadie conspirando contra él, lo reconocía, pero tampoco había nadie que quisiese ayudarlo. Nadie le estaba enseñando cómo se puede sobrevivir a la dureza de la vida, y cuando creía que sí con la película, que abraza y alaba lo hermoso de la existencia, descubría que también se mentía a sí misma.
Ahora que lo pensaba, es imposible que alguien no sienta miedo.
Entonces fue que muchos puntos comenzaron a tener sentido. La habitación, sus padres, su vida con los amigos… nada es lo que parece. ¿Por qué nadie le decía la verdad? ¿Por qué todo el mundo se refugia en más mentiras como películas, videojuegos o incluso puntos en común y costumbre con otras personas? Es como si se intentara recuperar la emoción que hubo al principio, la falsedad de la novedad que regresamos a buscar una y otra vez.
Una y otra vez.
De repente tuvo sentido el río que nace y marcha sin opción hacia el mar.
El vacío.
Tuvo sentido las cuerdas del almacén.
El baño.
El cajón de la cocina.
Lo tuvo los productos de limpieza.
Los medicamentos.
Las bolsas de plástico.
Esos camiones recorriendo de madrugada la autovía.
Las azoteas de los edificios.
Nada de eso aparecía en la película. Se olvidaba de esencias importantes en todo humano. Quizá no era tan buena película.

viernes, 20 de noviembre de 2015

La Rebelión de los Juguetes


La calle ardía sin fuego. Esparcidos por el suelo había pedazos de carne y plástico, algunos fundidos entre ellos. El Sheriff caminaba con calma para permitirse analizar aquel desastre. Una bota por delante, después el otro pie, donde una espuela imaginaria giró frenética. Torcía el labio, apartando la mirada para encontrarse con otro trozo de crueldad. Reconoció cada uno de esos muñecos partidos y quebrados por los puños o las armas humanas. Estaban incluso esos robots japoneses de mucha luz y pocas nueces. Un “gusiluz” igual a uno que tuvo cuando niño tenía despedidas sus tripas de algodón.
Se detuvo frente al cadáver de un hombre, que por última voluntad había aplastado contra el suelo un muñeco de Batman que aún quedaba atrapado en su mano. Se fijó que el muñeco agrietado realizaba espasmos, por lo que se agachó para acercar su mano a la cabeza del caballero oscuro. La agarró entre su puño y comenzó a retorcer. Logró separarla como cuando se quita el corcho de una botella. Tuvo la impresión de escuchar un suspiro.
¿Desde cuándo los juguetes tenían callada su condición?
La culpa era suya por haber esperado tanto tiempo.
Fue que lo presenció al final de la calle. Se incorporó mientras lanzaba a un lado la cabeza arrancada. Era un muñeco, del tamaño de su antebrazo. Su imagen era toda negra por el sol a su dorso. Tenía puesto un sombrero al estilo del propio Sheriff.
Le dio la impresión que el muñeco era una parodia de sí mismo, reconociendo enseguida aquella figura como uno de esos personajes famosos que no aportan nada.
Woody.
El muñeco avanzó, y sus espuelas de plástico giraron un poco a cada paso. No emitía sonido, pero el hombre bien imaginó dentro de su cabeza el golpe de botas rudas e impertinentes. Las sombras se disiparon y el rostro del muñeco se mostró.
¿Pero qué…?
No tenía el mismo rostro que la figura original. La cara de este Woody parecía marcada con cicatrices, surcos en la madera. Su expresión no era jovial, sino de otra clase de sonrisa de oreja a oreja que detonaba perversión.
La canción esa de la armónica sobrevino a su mente.
El Sheriff comprendió la invitación y se fue acercando. Su mano no quedó lejos del revolver enfundado. El muñeco imitó su gesto. Sin señal alguna, ambos se detuvieron casi al mismo tiempo, quedando a una distancia dentro del encuadre.
El viento se pronunció, dando su opinión sobre aquella escena con un susurro.
El hombre se sintió ridículo, preguntándose cómo iba a hacer el muñeco para matarle. Recordó dónde estaba y la carne a los lados se remarcó. Fue entonces que se fijó en el lateral del muñeco, donde figuraba una pequeña pistola que le resultaba grande. La identificó como una de esas armas de balines o perdigones, que bien podían acertarle en un ojo si no tenía cuidado.
Jamás hay que subestimar a un enemigo.
Por el fondo comenzó a sonar una especie de banjo electrónico. Miró de reojo y un muñeco se movía por la acera. Simulaba un anciano con una caja de música entre las manos, de donde provenía una musiquilla escacharrada y chirriante que blasfemaba a Ennio Morricone.
Centró su vista en los ojos congelados de su rival. Su mueca siniestra le hablaba sin moverse. Esa voz debía provenir de su imaginación.
Son los nervios.
El tiempo que espera.
La musiquilla se enalteció, y sintió molestia en los oídos. Dedujo que el otro muñeco estaba ayudando a su compañero.
La unión hace la fuerza. Así lo habían logrado los juguetes.
Sin sentimientos o emociones.
Así lo habían logrado.
Tenía que ser como ellos.
Como ellos.
Los disparos se produjeron. Entonces uno se percataba que las manos se habían movido.
La música se detuvo.
Desde un punto de vista donde apreciar a ambos, las dos figuras se mantuvieron estáticas. El viento regresó y una de ellas cayó de espaldas.
El Sheriff guardó su arma y observó su triunfo. Se fue acercando. Le había dado en la cabeza, intuyendo en una décima como había explotado la madera pintada de su cara. Sonrió no muy convencido, con los pelos de punta al imaginarlo.
Quedó delante del cuerpo. Tenía una posición cómica, como el monigote de la señal de paso de peatones. Tuvo la tentativa de pisarlo, pero se contuvo mientras su sonrisa seguía torciéndose de horror.
Juguetes vivos. Una pesadilla de la que jamás despertaría.
No vaticinó el balín contra su ojo. Un chorro de sangre surgió disparado de su cara, que se tapó de un golpe de mano descontrolado a la vez que gritaba.
Notó un deslizamiento por su tobillo, y con el ojo sano observó la serpiente de plástico que se introducía por la pernera. Asemejaba hecha por piezas, derretida parte de su forma y pintura por algún tipo de fuego.
Se produjo un mordisco.
Primero vino el calor, dando paso a un mareo que lo invadió con calma, tornándose el paisaje de un morado tenue. ¿Qué tenía dentro aquel plástico deformado…?
Cayó arrodillado, a tiempo para observar de cerca la cabeza medio volatilizada de su enemigo, donde esa sonrisa aún permanecía. Fue la última imagen de la que tuvo conciencia.
Y de fondo, la maldita canción de la armónica.

jueves, 29 de octubre de 2015

Donde nos Dirigimos (La Obra Maestra)




Con un sencillo silogismo deducimos que la verdad es sencilla y directa, mientras que la mentira es elaborada. Cuanto más lo sea, más posibilidades de percibir su falsa esencia. Sin embargo se puede construir una arquitectura de la mentira a tal punto de engañar hasta al último de los seres humanos.

El arte se basa en la mentira, por lo que, cuanto más desarrollada una creación, más falsa resulta. A las personas nos gusta admirar las mentiras bien hechas. Eso me lleva a recordar que el mundo está lleno de ideas plasmadas, de pensamientos físicos que constituyen el día a día. El arte y creación son sinónimos, y si todo está impregnado de construcciones y deducciones significa que vivimos en una mentira a medida, bien elaborada en nuestro beneficio.

Quiero perderme a conciencia en lo que vendrá, en la mentira elaborada definitiva. Si las obras maestras nos dejan embelesados, ¿no lo hará acaso el mundo perfecto? En pos de negar la dolorosa realidad se está creando átomo a átomo un mundo artificial que admiramos y que llega a correspondernos. El proceso cada vez es más acelerado, y el don de la mentira o el arte están al alcance de todos. Cada uno construye su propio embelesamiento y la suma supone un mundo nuevo que no para de serlo porque se renueva en cada generación cultural y/o tecnológica, las cuales surgen a su vez cada vez más rápido debido a que brotan unas dentro de otras, y en ocasiones por leves cambios o diferencias.

Si la verdad es lo básico, lo puro, significa que los primeros hombres fueron seres que vivieron la verdad, lo que tanto buscan las personas actuales. Fue entonces que surgió el primer mentiroso ─el primer artista─ y las consecuencias que provocó y creó fueron tan sorprendentes, tan hipnóticas para mentes en plena evolución, que el ser humano tuvo la necesidad de aprender a mentir. Mentir podía modificar el mundo, ese lugar tan inmenso que no se deja cambiar. Mentir permitía decir que un cúmulo de piedras era otra cosa hasta el punto en que todos así lo tenían que creer, y contradecir la idea suponía un error. Mentir supuso algo único, dejaba satisfecho al pecho y a la mente, además de que era capaz de ir mejorando…

Siglos después las ciudades son testigo de ello. Son creaciones plasmadas, evolución de una idea que contradecía a la realidad. Si el mundo no ofrecía casas más allá de las cuevas, el humano se encargaría de solucionarlo. Sólo se necesita una imaginación capaz de negar la realidad: si los árboles crecen a su albedrío, les vetamos tal condición y les indicamos hasta dónde pueden crecer; si la pólvora explota por reacción, inventaremos propósitos que le den un sentido; la electricidad jamás se esperó que podía ser negada en su naturaleza para lograr iluminar la noche, esa oscuridad absoluta que hoy día ya nos es imposible recordar ni imaginar.
Las creaciones se van acumulando y para evitar el problema de espacio acaban amoldándose entre ellas, colocándose una encima de la otra o expandiéndose para devorar a las más pequeñas. El resultado es el mundo moderno, donde todos tenemos algo que decir y que con una teoría de facilidad logramos con solo proponerlo.

La pregunta es hasta dónde llegará ese asunto, cuál será el límite si es que es posible que lo haya. De las pocas respuestas que puedo deducir es la abstracción de la mente ante la maravilla que supone la mentira definitiva. Es tan perfecta, con tan pocos resquicios viables… que nos tiene atrapados, que no nos suelta con sus novedades paridas cada pocos minutos. Algunos culpan a la dopamina de nuestros vicios modernos, pero quiero creer que es el orgullo al trabajo de siglos el verdadero culpable. La dopamina sólo tendrá su oportunidad las veces que observemos esas fotos del Universo en su estado más puro, tan lleno de luces primigenias. Ese fuego de la existencia nos mesmeriza en otro sentido que poco a poco vamos olvidando (¿negando?) debido al gran trabajo que hemos conseguido. Enhorabuena, estamos viviendo la mentira más feliz de todas.

La verdad duele porque no se deja dominar con facilidad. Mejor una vida sencilla y emotiva a cada momento que un lugar que evoluciona tan lento. Queda la esperanza sobre que esa misma existencia que dejamos atrás es compasiva, y si algún día tuviéramos que reiniciar ella seguirá ahí para recibirnos. Y con esas, vuelta a empezar.

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